Hola,

"¡Tantos de nosotros nos hemos convertido otra vez en niños! No es que lo hayamos buscado, ya me entiendes, ni que seamos conscientes de ello. Pero cuando la fe desaparece, cuando comprendes que ni siquiera te queda la esperanza de recuperar la esperanza, entonces tiendes a llenar los espacios vacíos con sueños, pequeñas fantasías y cuentos infantiles que te ayuden a sobrevivir"

Me gustan, en general, las novelas de Paul Auster. Me gustaron Tombuctú y La trilogía de Nueva York, me encantaron Leviatán, El libro de las ilusiones y La música del azar, y El Palacio de la Luna me dejó más o menos indiferente. Hace poco me hice con otro ejemplar de Paul Auster, en este caso es El país de las últimas cosas.

Esta novela es una carta que la protagonista, Anna Blume, escribe a su viejo novio (y sin ni siquiera tener esperanzas de que éste la reciba) desde un país sin nombre mencionado, o tal vez directamente ha perdido el nombre: el país de las últimas cosas, al que su hermano William, periodista, acudió (yendo a una ciudad que tal vez fuera la capital, o tal vez no, quién sabe) para realizar una crónica de los extraños sucesos que acaecían en dicho país. Sin embargo, William desapareció sin enviar ningún artículo, y Anna decidió ir en su busca.

Este país, por alguna razón que nadie parece conocer, se está literalmente desintegrando. Algo ha fallado en su sociedad, y de repente los políticos (gente desconocida por los ciudadanos de a pie, que se turnan en el poder y que suponen una auténtica incógnita: nadie sabe de dónde salen, quiénes los eligen y cuáles son sus nombres) dejan de preocuparse por los ciudadanos hasta que éstos mueren. Ya no hay calles, ni se construyen casas, todo se desmorona; se habla de campos de trabajo para los insurgentes, de miedo a invasiones extranjeras, y existen campos de reciclaje para los cuerpos de los fallecidos. La gente en este país desea morir, hasta el punto de organizar sectas de corredores que se entrenan y al mismo tiempo se torturan para prepararse para la carrera final: correr hasta caer literalmente muertos de cansancio. También hay clubes de asesinatos, y suicidas que saltan desde las azoteas ante la admiración de sus conciudadanos. La gente malvive como puede, sumida en su egoísmo y en su propia supervivencia, y Anna se verá a sí misma tratando de sobrevivir en ese entorno tan hostil, mientras trata de no perder la esperanza de encontrar a su hermano entre las ruinas, a pesar de saber que es más probable que esté muerto o haya huido de la ciudad.

Los planteamientos de este libro son interesantes, pues hacen que te plantees si una sociedad podría desintegrarse por sí misma, por algún fallo en la propia constitución de ésta. ¿Y qué pasaría cuando ya no quedara nada? ¿Seríamos capaces de sobrevivir aun en esas circunstancias? Tampoco arroja mucha esperanza sobre la política, porque ¿realmente los políticos se preocupan por el día a día de la gente común? Obviamente no se trata de una situación tan extrema como en esta novela, porque aquí los políticos solamente se limitan a cobrar licencias a los vivos y a llevarse los cadáveres de los muertos para producir metano y para reciclar sus prendas; pero ¿se preocupan nuestros políticos actuales, los reales, tanto los que gobiernan como los que hacen oposición, mucho más allá del cobro de impuestos y de los mítines para obtener votos?

Y otra pregunta clásica, que también surge leyendo este libro: ¿realmente pierde mucho el mundo como tal, si el ser humano desaparece? Quiero decir, ¿le sirve de algo a la Naturaleza que desaparezcan la cultura, las letras, las ciencias, la poesía, la música y los demás artificios creados por el hombre? Toda vida es preciosa, decimos; pero ¿es preciosa para la Naturaleza, o sólo para nosotros, para darnos un sentido en este mundo?

Un besote